viernes, 29 de enero de 2010

Algunos días extraños

Algunos días llueve. Sin explicación o sin pedir permiso, simplemente llueve. Como algo natural, como resumen de lo inesperado o de lo que tiene que ser. Algunas veces nos enfadamos, sin explicación, sin pedir permiso, sin un motivo aparente. Como algo que sale de nuestro interior, como un latido que se escapa, o un gemido que se intuye y que como la lluvia pasa y deja salir el sol. A veces nos ponemos nerviosos ante lo desconocido, o ante lo evidente. Y nos encerramos en teorías extrañas sobre aquello que debimos o no hacer. Hoy estoy algo desquiciado, tal vez sea por la lluvia, o por el enfado que arrastro o porque estoy nervioso ante un futuro que me es incierto o… Hoy soy un motor acelerado, a punto de sacar fuego, casi huelo a quemado, de tanto chillar estoy sordo... Hay días en los que no podemos ver mucho más allá de nuestras narices, no obstante, como seres humanos, somos capaces de ver más allá de lo que nuestra vista alcanza, lo logramos cuando miramos con el corazón, cuando escuchamos con el alma y cuando sentimos lo ajeno como algo propio, algo cercano. Para ver el mundo en un grano de arena y el Cielo en una flor silvestre, sólo tienes que abarcar el infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora, llena de sus segundos, sus minutos y sus “tic-tacs”. Aquel que se liga a una alegría hace esfumar el doloroso fluir de la vida; Aquél quien besa la joya cuando esta cruza su camino vive en el amanecer de la eternidad. O al menos así lo siente… (sentir es gratis, aunque duela a veces). Algunos días pasan cosas que hacen que nos pasen cosas. Son días extraños...

Caer hacia arriba

Vamos mirando con demasiada frecuencia al suelo y así, con esa pose, perdemos sin darnos cuenta el mágico contacto con las estrellas. Yo ya hace demasiado tiempo que no las miro, siempre ando liado con otras cosas y anoche, no me preguntes por qué, de repente noté que las eché de menos. Me habría encantado poderme haber su subido muy alto, tumbarme perezosamente a mirarlas, jugar a reconocer de nuevo sus nombres y posiciones, reencontrar esa conexión perdida con el Universo tan mágico de mi infancia, de mi mundo en bicicleta y tortícolis de mirar hacia arriba. Intuyo que debo recuperar eso de alguna manera, haga frío o calor, da igual, pero si siento que es necesario revivir esa sensación extraña de caer hacia arriba y contemplar la inmensidad del Cosmos. Esa que me rebote mi auténtica dimensión en él. Y me la sopla si en ese estado contemplativo le da por picarme una araña en una oreja, debo volver un rato a ese mundo de juventud. Me lo pide el cuerpo, o tal vez el alma. O tal vez en el fondo ambos sean una misma cosa y me impulsen a ir cayendo, lentamente, hacia arriba…