miércoles, 28 de octubre de 2009

Relojes en la Oscuridad

Le costó varios intentos a Manu abrir la puerta de su casa. La bruma que el alcohol había dejado en su cabeza le hacía efectuar los movimientos de forma más tosca de lo habitual. Eran más de las seis de la mañana , la ciudad empezaba a despertar y él se iba a dormir. Se metió en su piso y cerró de un portazo. La estancia estaba totalmente a oscuras, no se veía nada, solo se escuchaba el “tic-tac” del reloj de pared que había en el comedor. No atinó a encender la luz del pasillo y dando bandazos se dirigió al dormitorio. Se tumbó sobre la cama sin desvestirse siquiera. A pesar de la falta de luz, notó cómo la habitación iba dando vueltas, o tal vez era él quien daba vueltas sobre si mismo... Seguía escuchando el ruido agudo y persistente del reloj, pero ya no era el del comedor, ahora era el del despertador que había sobre la mesilla de noche. Ese tono monótono se le metió en la cabeza: “Tic-tac, Tic-tac...”. Cerró los ojos y se acurrucó en la cama. No conseguía coger el sueño. Estaba inquieto, una noche llena de excesos en forma de alcohol, tabaco, mujeres y ... se levantó y corrió hacia el lavabo. Allí dejó gran parte de la noche consumida. Se lavó la cara y se enjuagó la boca. Se miró al espejo. Treinta años en su cara que se le antojaron noventa o novecientos. “No vamos bien”, se dijo a sí mismo. Apagó la luz y se volvió a la cama. Estaba más tranquilo pero ahora en su cabeza se producía un martilleo constante, casi al compás del sonido del reloj. Agarró con fuerza la almohada para ponérsela por encima de la frente, como esos paños húmedos que uno se coloca cuando tiene fiebre y la quiere aliviar. No logró mover la almohada, algo la tenía atrapada. Sobresaltado se incorporó para encender la luz de la mesilla de noche. El despertador había dejado de sonar. Le dio al interruptor y se abrió la luz. Cuando se inclinó hacia el otro lado quedó petrificado. Ya no estaba solo. - Supongo que no necesito presentación.- Le dijo la mujer que había allí. - ¿Cómo que no?. ¿Quién eres tú? - Me decepcionas. ¿En serio no te lo imaginas?. Pero si llevas meses llamándome a gritos y buscándome a todas horas... Yo soy la Muerte, tu Muerte. Me querías y aquí me tienes. Levántate que nos vamos ya. Manu no conseguía dar crédito a sus ojos y menos a sus oídos, movió la cabeza de un lado a otro como negando algo que era evidente y que escapaba a su capacidad de razonar. Allí estaba él, en su cama, con el día amaneciendo, con el estómago y la cabeza a punto de explotar y hablando con una mujer de edad difícil de calcular y con serena elegancia. De hecho y en otras circunstancias, a Manu no le habría importado entablar una conversación con ella e incluso llegar a algo más que las palabras, pero en aquellos instantes... - ¿Cómo has entrado aquí?, ¿Qué demonios quieres? - Verás, Manu. Yo no contesto preguntas. Ni las formulo. Hago mi trabajo y punto. Tu me has estado acosando mucho tiempo, tentando a tu suerte, saltándote normas de conducta y seguridad constantemente, sin valorar las cosas en su auténtica dimensión, desafiando premios y castigos como si gozases de periodo ilimitado en tu vida para hacer las cosas cómo y cuando quisieses. Sencillamente estabas equivocado. Hay cosas que no se pueden o no se deben hacer ni desear porque se pueden acabar cumpliendo. Tu no querías seguir viviendo así que mi trabajo consiste en venir a buscarte y en llevarte de aquí. Intuyo que te molestará la primicia pero asúmelo: ¡Estás muerto!. Salgamos ya de aquí. Tengo más trabajo esperándome y lo debo hacer. No me hagas perder tiempo, de eso ya te encargas y muy bien tú. Y no te preocupes mucho si la idea de abandonar este Mundo no te seduce mucho. Lo superarás. ¡Vamos! Manu empezaba a comprender su situación, no la veía justa pero creía saber de lo que se trataba. Si la Muerte le había venido a buscar, debería tratar de intentar convencerla de lo contrario. -¿Hay algo que yo pueda hacer para que no ejecutes tu trabajo?.- Inquirió él. - Nada. Ya te he dicho que yo no especulo, no juzgo y no perdono. Simplemente llevo a cabo una labor para la que he sido formada y puedes creerme, lo hago muy bien. Se podría decir, y perdóname si hiero tu susceptibilidad, que lo hago de muerte. - Y... ¿No me concederás un último deseo? - No. No estoy cualificada para eso, yo no concedo deseos. - Y si te digo que me gustaría hacerte el amor. Déjame intentarlo y si al final quedas conforme y satisfecha, me dejas seguir con vida y te prometo que seguiré mejor eso que tu llamas “Normas de conducta”. ¿Aceptas? - Eres tan cabezota como insensato. Aunque reconozco que me produce cierta gracia tu acentuado ego y confianza en ti mismo. ¿te apetece jugar?. Bien, juguemos. Dispongo de unos minutos, pero no demasiados, así que procura aprovecharlos bien. Por si no se vuelve a repetir la oportunidad. Lo que a continuación sucedió hubiese sido ejemplar para cualquier producción de video erótico del cine japonés de los años ochenta. Manu lo intentó todo, y eso incluye TODO. Fue solo media hora pero acabó tan exhausto y desencajado que a duras penas podía acompasar la respiración. - Te veo muy cansado. Nos tenemos que ir, ya iras recuperando el resuello por el camino. - ¿Qué camino? No me negarás que te lo has pasado bien. - Es que no me lo he pasado bien, no tengo sentimientos, digamos que va con el puesto. No he sentido nada. Tu pierdes, como ya te había dicho. No obstante y dado tu empeño por satisfacerme, te voy a dar veinticuatro horas más de margen para venir a buscarte. Será mañana por la mañana y procura estar dispuesto y solo o me llevaré a todo aquél que esté contigo en ese momento. ¡Hasta mañana! Y ... vive la vida, no dejes pasar el tiempo sin gastarlo. Nos vemos mañana. Apaga la luz y duerme un poco, tienes muchas cosas por dejar arregladas para tu marcha. Manu apagó la luz. Al minuto ya dormía. Durmió más de quince horas, cuando se despertó ya era casi la noche del domingo. Se sentía como con la cabeza de corcho y muy cansado. Se fue a la ducha y bajo el agua fría recordó lo sucedido aquellas últimas horas: - ¡Menudas alucinaciones!. A saber que clase de mierda me dieron en aquél maldito Club. Voy a ir para que se enteren que conmigo no se juega. ¡Serán idiotas! Miró el reloj de la mesilla, se estaría agotando la pila puesto que señalaba las seis de la mañana. Salió al comedor y miró el reloj grande de pared, tampoco iba bien, se movía el segundero a ritmo habitual pero marcaba las doce del mediodía. Se vistió deprisa y salió a cenar algo, era de noche y tenía hambre. Hacía muchas horas que no probaba bocado. Aquella noche fue un calco de la anterior, que a su vez guardaba gran semejanza con otras muchas noches. Eran casi las tres de la madrugada cuando llegaba a su piso. Iba acompañado de una amiga. Cuando ya se disponían a entrar en el ascensor la chica se sintió mal. Le dijo que prefría irse, que tenía que ir a trabajar en unas pocas horas y dando media vuelta se marchó de ahí. Manu se quedó maldiciéndola en voz alta. Llegó a su puerta y la abrió. Encendió la luz y escuchó el característico tic-tac del reloj del comedor. Miró la hora. Marcaba las seis de la mañana. - ¡Joder con el reloj!, va como el culo... - Llegas tarde le saludó la Muerte. - Así que ¿No era una alucinación?. Eres real. - Pues ya lo ves. ¿No sube tu amiga?. No importa. Tiene hora conmigo dentro de dos años y siete meses. Cada trabajo a su tiempo, ¿no te parece?. - Esta vez me vas a llevar contigo ¿verdad? - Verdad - ¿Sin ninguna opción de arreglo? - Sin ninguna. Tampoco la sabrías aprovechar y lo sabes. - Al menos y ya que me voy a ir contigo, me podrás explicar algunos de los secretos de la humanidad. No se, si hay vida después de la muerte, quién nos creó... - Yo no te voy a contar nada. - ¿Por qué? ¿Tienes miedo que lo vaya contando por ahí?. Si estaré muerto. - Al menos veo que lo asumes, pero yo no te voy a explicar nada. - Pero ¿por qué no? - Manu, porque yo no se nada. Se paró definitivamente el reloj del comedor. La Muerte y Manu atravesaron el umbral de la puerta y ésta se cerró. Detrás de ellos quedó el piso oscuro y vacío. No obstante todo parecía tranquilo, de hecho todo estaba casi como casi siempre, solo que un cuerpo humano de treinta años ya no guarda relación alguna con lo que fue. Los relojes de la casa comenzaron a funcionar de nuevo. Por la ranura de la ventana de la habitación entraban los primeros rayos de sol. Un nuevo día acababa de nacer...

El Taller De La Locura

Creo que no te había hablado antes de este lugar, “El Taller de la Locura”. Es un curioso sitio del cual sólo se sale y al que resulta imposible entrar, eso lo diferencia de un centro psiquiátrico de los llamados... habituales. Pero no es esa la única variante. Sus puertas dan al mundo exterior y ese Taller sirve de formación para poder abandonar sus muros protectores y vivir en él. Se trata, digámoslo así, de una escuela de preparación y actualización en donde te enseñan a tejer verdades y mentiras, anhelos y decepciones, son los Telares de la Locura. De tan formidable escuela cuentan que han salido ilustres personajes: Oscar Wilde estuvo allí, todo un auténtico “dandy”. También un tal Groucho quien caminaba de forma extraña, hablaba deprisa y mascaba permanentemente un puro que tapaba un bigote pintado con betún. En los muros ya vetustos del Centro se adivina la firma de una tal Cleopatra... En serio, es increíble, pero sobre todo hay una innumerable cantidad de personas anónimas que se van formando en el Taller y en sus portentosos telares van tejiendo su propia locura, esa que les dará la razón y sin razón para hacer lo que quieran en la vida. Sus asignaturas abarcan todo tipo de enseñanzas y materias. Allí no se pueden hacer trampas porque no hay nada prohibido, todo vale. Todo. ¿De qué otra forma se puede conjugar espacio, tiempo y cordura para su libre utilización?. Yo también estudié allí. ¡Ay, amiga! Eso tal vez te aclare las cosas... Compartía mesa con “El hombre sin brazos del circo”, sí, aquél que era capaz de fumar con los pies y con “El Fabuloso Hombre Bala” quien siempre quiso ser un pájaro y al final se fue volando de allí. También me junté con la chica pelirroja que pintaba rayas rojas en la pared, decía que no tenía nada mejor que hacer, y con aquella anciana a la que el eco lejano del tren le recordaba a alguien que cincuenta años atrás se le fue. ¡Dios, qué gente más notable! Y cuánto talento junto. Las mejores piezas de locura se habían tejido en los telares que teníamos asignados, hasta que un día, otro amigo mío, “Mi corazón”, decidió que ya estaba lo suficientemente loco y se marchó de allí. El muy ladino llevaba mucho tiempo vigilando por un agujero el exterior, escribía versos en trozos de cartón o en la tierra del patio y si alguien se le acercaba, lo encontraba disimulando para no hacerse notar. No tenía voz y sólo si escuchabas muy cerquita lograbas oír su respiración. Algo cansado y desquiciado sufría bastante confusión, le había ignorado yo a él tantas veces que quedó preso del dolor, se encerró bajo cientos de llaves que más tarde se tragó y aunque hice esfuerzos por probarle que yo podría cambiar y sentir y añorar, no supe calmar su decepción. Creyó que ya estaba lo bastante loco y desesperado como para salir al exterior y que ya no podría confiar en alguien como yo que iba con la razón tambaleando entre el descuido y la obsesión, incapaz de palpitar con un poco de emoción allí adentro, por culpa mía se marchó. Así que saldré en su busca, creo que ya estoy preparado, espero encontrarle pronto y prometo hacerle más caso. Intentaré ser más valiente, estaré siempre a su lado. No dejaré cabos sueltos ni nudos mal atados, ni un rincón en el olvido, ni hojas secas en un libro, ni una lágrima en un frasco, ni a otro corazón jodido... Sí, ahora sé que ya estoy listo para salir del Taller. Dejaré mi puesto a otros, para que vayan tejiendo su propia locura y así puedan ser felices disfrutando de sus momentos. Me he dado cuenta de donde te conocí. Claro, ¡qué torpe! Tu también estudiaste allí, eras la chica morena que se mordía el labio inferior mientras pensaba y que sabía que no hacía falta correr porque su tren acabaría pasando por delante. Estabas junto con Patri “La Soñadora”, Pili “La Pícara Inocentona... Creo que vuestro Telar era el mejor. Así pues no hace falta que te explique como se sale de allí y dejaremos por obvio la forma en que la vida elige a los que allí se deben formar. Eso es algo innato, como para las lechuzas ulular.

martes, 13 de octubre de 2009

Hombrecillos (Una historia que te da paso)

Érase una vez, así que no lo diré más veces, un paseo de peatones ubicado al final de la calle Blasco de Garay y haciendo cruce con la avenida del Paral.lel en la ciudad llamada Barcelona. En dicho cruce habitaba un semáforo con el fin de facilitar el paso de los ciudadanos de a pie por ese lugar y de este modo no sucumbir aplastados por los coches, si bien básicamente su misión era evitar que los coches que bajaban por esa calle no se empotrasen con los que cruzaban por la amplia avenida en ambos sentidos de la marcha. Vaya, que no era el semáforo más importante del mundo pero tampoco estaba mal. Un buen día, o mejor dicho, una buena noche, a la hora del relevo del servicio de “hombrecillos” del paso de peatones llegó el cambio del Verde, eran ya casi las diez, momento en el que los del turno de noche comenzaban su jornada. Rojo Y Verde-Tarde ya se habían bajado de su puesto y se despedían amigablemente de Verde-Noche...: - Que tengáis un buen servicio, compañero. - Gracias, a ver si llega Rojo-Noche que siempre viene justo de tiempo y luego pasa lo que pasa... - ¿No te importa que no nos quedemos? - No, no, tranquilos; seguro que estará al caer... Ya pasaban treinta minutos del horario de inicio y Rojo-Noche seguía sin aparecer, el pobre hombrecillo Verde estaba preocupado. - ¡Qué extraño! – pensó- Nunca ha venido tan tarde. A esas horas no había muchos peatones que cruzasen por allí y como el servicio luminoso para los coches si se había presentado al completo en sus tres elementos, la ausencia de Rojo-Noche no era una catástrofe pero Verde se empezaba a inquietar, a demás no tenía con quien hablar. Se entretenía observando la salida de las buenas gentes que habían acudido al teatro sito a menos de cien metros, realmente eran personas bien distintas entre ellas, eso sí, casi no eran de colores... ¡Qué aburrido se un humano!- se dijo para sí-. Claro, como estaba sólo no se lo podía decir a nadie. ¿quién diablos pierde el tiempo hablando con un semáforo de peatones, eh?. Nadie. - Me hago un par de intermitencias más y me voy a llamarle por teléfono al bar del Antonio, y de paso me tomo un café que la noche está fresquita. Total, la urbana no pasa hasta las doce y media -. Y así lo hizo. El teléfono en casa de Rojo empezó a sonar. - Dígame... – Contestó una voz soñolienta. - Rojo ¿Eres tú? - Sí. ¿quién me llama? - Soy yo, Verde. Tío ¿qué te ha “pasao”? Hace más de una hora que tenías que estar aquí y me has “dejao” más “colgao” que un cuadro. - ¡Coño, Verde! Es que hoy no ando muy motivado para ir a currar. - No me jodas, hombre, que te van a expedientar, en nada tenemos aquí a la patrulla y como se den cuenta que no has venido ya la has “cagao”, despídete de tu traslado a la Diagonal y de tu examen para Indicador del Aeropuerto. - Que se lo metan en el culo, ya estoy hasta los huevos de esperar una promoción, he decidido ser malo, total, ¿de qué demonios sirve ser bueno? Te pasas la vida trabajando por cuatro miserias de mierda, besando el culo a inútiles que no servirían ni de señal de “Obras” para que al final te mueras de una pedrada o un camionazo y vayas al cielo por bueno, te sientes a la diestra del Semáforo Padre con un montón de angelitos gordos y sebosos tocando la puta arpa y con una túnica blanca. ¡Y un huevo!. Ahora voy a hacer lo que me salga de las pelotas, pasando del trabajo y de todo lo que me suponga un yugo a mi necesidad de diversión, a demás yo no tengo ni idea de solfeo. ¿Qué cojones iba a hacer yo con una arpa?. Prefiero el infierno, allí seguro que hay una marcha que te cagas y fijo que no se debe estar tan mal, a caso ¿sabes de alguien que haya vuelto de allí, eh?. - Rojo, Rojo ¿has estado bebiendo o “fumando” o las dos cosas, verdad? - Síiiiiiiii... - Ahora mismo voy “pa-llá” y te doy de hostias a ver si reacciones, que te vas a buscar la ruina, ¡¡¡”atontao”!!!. - Claro, para ti es muy fácil. Tú eres el Señor Verde, la gente está contenta de verte, a mí me llaman de todo y siempre quieren que me vaya. Pues ya lo han conseguido, a demás, tú tienes ese movimiento intermitente que te hace estar en forma, ¡cabrón! Pero yo estoy más “enquilosao” que un cacho de escayola. No amigo, yo me quedo aquí. Pero si te quieres venir te invito a tomar lo que quieras, dentro de nada estarán aquí un par de señales de tráfico de las que empezaron cuando nosotros y será divertido hablar de los viejos tiempos. Vamos, ¡¡anímate El pobre Verde no sabía qué hacer, lo cierto es que él también estaba cansado de ser un simple “hombrecillo verde” de barrio... - ¡A tomar por culo! -. Y Verde se bajó de su garita, cogió prestado un coche de los de “Se avisa a la grúa” que había en una señal de allí al lado y se largó a la Ciutat Vella, donde vivía Rojo. Ríiiiiing!!!. Llamó por el interfono. - ¿Sí? - Soy yo. Ábreme. - ¡Já! Has venido. Sube hombre. El follón que había en casa de Rojo se escuchaba desde el rellano de la escalera, la música a toda pastilla, un montón de humo y voces a punta-pala. Al llegar arriba, cuál fue su sorpresa cuando vio que allí se encontraban también varios hombrecillos verdes y rojos de su zona. - Pero... ¿esto qué es? -. Le inquirió a Rojo. - Una rebelión -. Le contestó éste. - Sí. Verás pequeño – interfirió un hombrecillo rojo bastante mayor que trabajaba tres calles más arriba de ellos -. Yo he estado muchos años trabajando en Estados Unidos y allí ya les formé un pollo como éste. No nos van a utilizar más como simples señales de paso, eso se ha acabado. Fue idea mía y si allí lo logramos, ahora lo haremos aquí. Nos vamos a largar todos a Ibiza a trabajar como luces de discoteca, cuatro meses de curro al año y el resto del tiempo a pegarnos la juerga padre. Eso si que mola. ¿Estáis conmigo o contra mí?. - ¡ESTAMOS CONTIGO!. La noche siguiente fue un auténtico caos circulatorio por la zona del Paral.lel y del Puerto. La guardia urbana no daba alcance a controlar todos los cruces, no había ni un solo hombrecillo de colores en dos kilómetros a la redonda. Unos cientos de metros más allá, justo en el Moll de San Beltrán del Port de Barcelona, un barco con destino a Ibiza brillaba más que nunca y mientras se alejaba una vocecilla procedente de su interior preguntaba curiosa: - ¿Cómo será el Mundo cuando nos pertenezca? Y vete aquí por que en Estados Unidos para pasar los peatones en vez de hombrecillos de colores utilizan el “STOP” y el “WALK”, en rojo y verde, eso sí.

viernes, 9 de octubre de 2009

El lobo

A veces nos paseamos entre los lobos sin darnos cuenta y obviamos que en realidad son ellos los que se pasean entre nosotros: “Ni te ponías bufanda entre la irregularidad de las calles. Como si ese gesto te hubiera librado de los desiertos, que digo, de los desiertos no, de las estepas. Aún te recuerdo como en un flash back defectuoso: una imagen quemándose por los bordes y las luces nadando en sepia. Llorabas mientras decías: “ya no hay musas, sólo un lobo en el páramo y silencio” Fíjate, ella te habría hablado entonces de la promesa de otras mujeres de tetas llenas y puntiagudas, de pestañas rizadas y pubis endrinos, pero eso no se le puede decir a un hombre que recorre las calles en tirabuzón. Ya ves. Y ella, inocente y abducida por ese lobo, pensó que no era el momento para el libertinaje. Estúpida de ella. Aúlla el lobo entre zancadas y bufidos. Recuerdo tus gafas resbalando sobre una nariz casi tan larga como tú mismo, como tu propio deseo. Tu búsqueda de musas en el bajo de los pantalones o en la inaudible oración repetitiva de la primera misa, después de que los gallos fecundaran hembras y platos. “Creer me ayuda a sospechar contornos de mujer en los huecos” y uno de esos dedos de uñas inverosímiles vuelve a colocar las gafas. El enfoque es mejor. Piensas que quizás todo se hizo mal desde el principio y ella te deshace un guiño en el café como quien deshace un terrón de azúcar. Sólo así comprendes la unificación de la manada. Aúlla el lobo entre zancadas y bufidos. Ruge la Gran Vía, rugen todas las calles del centro. Pero eso lo sabes. Conoces su asfalto tan bien como yo: la medianía de los edificios son la excusa perfecta para querer lanzarse desde lo alto. Te escucho, de nuevo la voz se te llena de agua. No te sospechaba tan frágil la primera vez. Supongo que la estepa es dura y extensa y uno tiende a querer hablar por los cuatro costados. Supongo que ni te planteas si está bien o mal llorar. Lloras y punto. Y ni siquiera llevas bufanda para disimular la estupidez de una conjuntivitis. Y ella, complaciente, te habría besado la nuez de saberte caníbal, no triste. Aúlla el lobo…” Las noches de luna llena son las mejores para sembrar y esperar a que lo plantado crezca… A mi me gusta la luna, por eso le aúllo cuando la veo majestuosa, brillando, complaciente, eterna.

viernes, 2 de octubre de 2009

Crecer (Pero con un plan maestro)

Últimas declaraciones de una desatada Campanilla… Por algo te elegí querido Peter, el mundo de los grandes está lleno de problemas que te fruncen el entrecejo que pintan canas verdes que dinamitan úlceras nerviosas, que borran la memoria de la inocencia y los juegos. Yo no quería crecer para no llorar tanto y en vano, al menos por cosas que no valen la pena como perder a la oca, como llegar tarde al destinosaltando baldosas... Pero la rutina martillando horas te absorbe las ganas de matar piratas, de encontrar tesoros, de escuchar cuentos de niñosque no querían crecer porque sabían que a los adultos les duele la cara a falta de sonrisas auténticas por no creer en las hadas.Yo no quería crecer por eso, nada menos, (aunque los doctores amenacen con medicinas). Querido Pan seguiré a tu lado enojando piratas,enterrando tesoros, generando la magia de los cuentos, jugando a no perder ni un poco la inocencia que guardo en una comisura porque ahora que los años pasan como el cocodrilo y las presiones de los horarios y las mentiras de los juzgados ensucian de hipocresía encontré el antídoto,nunca es tarde si lo aceptas, para guardar el secreto del eterno vuelo:Tengo un ser de luz que me acompaña (Que las sirenas y otras criaturas no tan favorecidas se muerdan de rabia). Y que reside en la parte trasera de mi mente. Ningún lugar está lejos…

¿Sientes la sensibilidad?

En el lenguaje cotidiano la palabra "sensibilidad" designa la capacidad para captar valores estéticos y morales, en la filosófica esta expresión designa la facultad para tener sensaciones; aunque no es muy exacto, podemos identificarla con la percepción. La Sensibilidad se divide en Sensibilidad interna y Sensibilidad externa; la Sensibilidad interna es la percepción interna, es decir la capacidad para tener un conocimiento inmediato, directo, de la propia vida psíquica, como cuando sabemos que estamos tristes o que estamos recordando o pensando; la Sensibilidad externa es la percepción externa, es decir la capacidad para tener un conocimiento inmediato de los objetos físicos, como cuando vemos una mesa o escuchamos una canción. El espacio y el tiempo son formas a priori de la sensibilidad externa, y el tiempo, a solas, es la forma a priori de la Sensibilidad interna. A veces nos negamos a sublimar los sentimientos y a hablar de la condición humana, el amor, la locura, el poder, el erotismo y la dualidad: "Nadie es bueno ni malo, todos somos ángeles y demonios". Vivimos tanto hacia fuera que no somos conscientes de lo que poseemos dentro. De tanto actuar, ejecutar, cumplir, redimir, parecer y ejercer, nos olvidamos ser. Miramos sin mirarnos, decimos sin decirnos, soñamos sin soñarnos. Cada día dedicamos más tiempo y energía a quienes nos rodean y menos a nosotros mismos. Olvidamos que mientras la decisión y la acción nos hacen, la sensibilidad y el sentimiento nos moldean. El insensible reloj del estrés nos escondió el tiempo del cálido estar, el de los sublimes momentos de hundir nuestros dedos hambrientos de vida en la arcilla ligera, húmeda y resbaladiza del alma. Nos descompensamos y así vamos, caminando cojos del amor más importante: el propio. Olvidamos acariciarnos. Y si lo hacemos nos escondemos no fuese que alguien nos sorprendiese queriéndonos… El drama del sinsentido es renunciar a cada uno de nuestros cinco sentidos. Ese deambular entre refinados matices de colores y no verlos, ese rodearse de exquisitas vibraciones de vida y no oírlas, ese envolverse de aromas que tensan nuestras emociones y no olerlas, ese negar a cascadas de sabores su breve y genial estallido de gusto, ese mutilar el glorioso tacto de la piel consentida y convertirlo en hiel amortecida. Fuimos concebidos como fuentes inagotables de sensibilidad, que es el orgasmo sublime del intelecto. Qué limpia me llega la voz de La Mari (de Chambao) mezclada con la de Pau Danés, esa voz cargada de vida y fuerza cuando dentro de mi coche suena "Déjame vivir, libre, pero a mi manera…” liberándome del perdón de los que nunca sintieron".